jueves, 10 de diciembre de 2009

VENDIMIAS

*
Sin contemplar los dedos,
la filtración oscura de las uvas
de octubre y de setiembre
entre sus pliegues,
no hubiera comprendido
la labor ni su precio,
ni las horas pasadas desde aquella mañana
en que nos vimos libres y gozosos
de dejar el calor
para vivir un frío venturoso.

La cita en la estación,
el caserón oscuro de la primera noche
al amparo de frondas y rosales,
y las hileras verdes de cada amanecer.

Largas horas al sol,
pacientes días grises
bajo la ingrata lluvia algunas veces
que empapaba senderos rectilíneos,
jornadas embriagadas
por el temprano vino de la vida.

Luengos atardeceres
que miraban los bosques
que la fértil llanura consentía
mientras la voz hurgaba en su reposo
sin perturbar la rima
que oreaba paisajes y campiñas.

Y la fatiga diaria
que apenas se sentía
cuando en la “dos caballos”
la música inundaba los ocasos.

¿Qué fue de aquellos sones?
¿Dónde vibran aún las “Siete piedras”,
la obligada mirada que cantaba su guardia
cada noche?
¿Cómo será la ausencia de Peyrat?

Tal vez, si fuese un mago,
me ocultara en las sombras
del enigma que el tiempo me arrebata
y espiara las horas más perdidas;
aquellas que conforman
las pausas y los ciclos de las obras completas
que el aire vulneró.

Quizás me deslizara
entre las vides
como si retornase a lo ya sido
para de nuevo hurgar en los racimos
que hubieron de viajar
a más nobles y cálidas veladas,
placeres y nostalgias,
ebriedades
que son ya solo fruto destilado,
caudal en el remanso
de sueños que han quedado consumidos.

Pero solo vislumbro entre estos dedos limpios
la frágil dilación de un vino incierto,
la condición humana
que apenas saborea los vapores
del cálido elixir que se ha extinguido
tras las dulces secuencias del recuerdo
que vela los viñedos desde siempre.




Julián Borao