jueves, 10 de diciembre de 2009

CIUDAD EN FIESTAS

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Todo es fuga en el aire de esta noche,
y está próximo el ruido de la ciudad festiva,
todo es fuga y adiós de un vago aroma
que celebra las cosas que se dejan morir
sin darse cuenta
bajo la luz teñida de artificio.
Es el instante ciego que en el calor respira,
la delincuencia armada de la sorpresa nueva
cuando el rumor lejano de las calles,
pobladas de canciones y de gritos,
casi parece el rito del olvido.
Es el brillo cercano del tumulto
vestido de uniforme
que acaso a nadie importa su hechura ni su porte
porque a todos rescata de su hastío.
Por eso no hay descanso,
ningún son beneficia a la alegría
que es efímera dicha,
por eso no hay distancias
en la fragilidad alterna de los días
ni en la mirada vaga de la oscura fatiga
que anhela amanecer.

Porque nada atempera,
todo enciende y se agita,
no la serena luna sobre el mar
de este norte que es el sur de los otros,
no el sereno silencio de quien sueña
vencido, agazapado y ebrio en su pereza
mal disimulada, sino la soledad
de otro lugar de nuevo junto al mar,
la ambición de dolerse una vez más
cuando la vida vierte sus angustias
en mitad de la noche
mientras que el fuego estalla
en la negrura
que festeja inconsciente su partida.
Y así es la condición que ha imponer su norma,
la palabra vacía que se torna consuelo
en la vigilia.

Sólo quedan certezas que nadie reconoce:
que las horas no vuelven
a robar los momentos,
que no vuelven las sombras
a desnudar la luz ni sus señales,
que es fingido el amor
cuando acude a pensar
que los cuerpos podrán
permanecer así, siempre risueños;
pues es amarga risa la que desvela
el signo de su asombro
y procura mentir mientras halaga
porque se quiere amada nuevamente.

Todo es fuga en el aire de esta noche de cantos
y de risas,
¡tan lejano el sonido de la ciudad festiva!




Julián Borao

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