sábado, 12 de diciembre de 2009

CUESTIÓN DE SUERTE

*
De entre todos nosotros
habrá quien haya sido afortunado,
tal vez yo
y no lo sepa,
o tal vez algún otro,
no puedo asegurarlo.
Tampoco estoy seguro
de si vive en nosotros
la sombra de la muerte,
aunque sé que ha teñido
de distancia los cuerpos,
o el despojo dorado
de frágiles momentos
cuyo fulgor disperso
se ha perdido.

Donde todo comienza
no hay conciencia,
no hay desazón callada,
se delatan los pulsos
que han dormido la nada
y en plural dominio
de las noches nacidas
del silencio dichoso de la ausencia
todo parece ser falsa memoria,
luminoso estatismo,
despertar sin saber amanecer.

¿Mas dónde,
dónde ha sido que he visto
como si fuera aquél
que ha renacido?
¿En qué momento he roto
la frecuencia del alma
que me tiende
los puentes invertidos
del tiempo?

Al filo de un instante
que raya la demencia
divago entre lugares
como furtivo intruso de la vida
que integran,
y mientras me pregunto
si no es cuestión de suerte
estar en ellos,
respiro su dilema,
disperso mis cuestiones
que en ellos se desnudan
otra vez,
y acomodo mis pasos
a la dulce agonía
de su disolución horizontal.

No importa.
Quizás también vosotros,
generosos amigos,
penséis alguna vez
que acaso hayamos sido afortunados.




Julián Borao

jueves, 10 de diciembre de 2009

CÓMO SON

*
Son húmedas las noches
y hay un olor a duelo y a vírgenes impuras,
y hay un olor a sed y a soledad.

Y hay una llama muerta
que se extingue
con doloroso encanto ceniciento
en esas noches húmedas de invierno.

La llama de un aviso
que empuja por sorpresa al aludido
que no sabe qué hacer,
que no responde
y que se queda roto en su deseo,
en su respiración entrecortada,
dejando desquiciada
su estela delatora y su alegría.

Y hay un sudor lascivo
que resbala en los cuerpos
cuando se activan hilos escondidos
y ascienden y descienden
en el aire nocturno.
Por eso se sortean y se rozan,
por eso se amontonan
y acompasan sus actos
en un desordenado protocolo
de turbia incitación.

Son así las condenas
de quienes no se sienten condenados
después de haber pactado
con las complicidades del hastío.

Y ese mojado pálpito que queda derramado
da forma a la ilusión,
al delicado poso que se muestra
cuando al mirar atrás
se enciende la mañana sorprendida
infiltrándose blanca en la negrura
tenue de las horas pasadas,
las que se quebrantaron
junto al sediento fuego de los labios
que nunca
volverán a compartirse.




Julián Borao

AFGANISTÁN

*
No fue casualidad la que movió al viajero
a recorrer las rutas de la seda
y a atravesar sus valles, sus montañas y estepas,
caminos polvorientos y altos desfiladeros,
dormitando despierto a la intemperie
o en cuevas extraviadas
huyendo del envite de la muerte.

Son harto conocidas las razones.

Alejandro también surcó estas tierras
al frente de sus tropas
resuelto a la conquista
de este mundo oriental y abandonado
siempre por sus dioses.
Y quizás aún perduren
las antiguas recetas de olvidados doctores
o acaso las doctrinas del viejo Zoroastro,
tal vez en lo profundo del desierto,
en las salas ocultas de templos enterrados
o en las sombras disueltas por el viento.
O en los altos lugares de Ghorid,
en la “terra incognita”
que esconde la metrópoli,
la perdida Firozkuh de la Montaña Púrpura
que ya nadie conoce.

Y es que hoy igual que ayer,
algo han venido a hacer estos viajeros,
se nota en sus miradas.
Cuesta reconocerlo pero es cierto:
No cumplen los acuerdos,
ostentan sus costumbres,
se adueñan de las gentes
desperdigando miedo y destrucción.
La guerra y sus tormentas algo han roto,
desorientado pueblos
que han dejado su huella por todos los paisajes
de esta tierra arrasada
que un día fue llamada Yaghistán,
de esta tierra rebelde de espíritu insumiso,
de nuevo sorprendida
por el dolor sin tregua
que propagó su llanto milenario.

El enemigo es fuerte,
desprecia las heridas de los pueblos vencidos
y odia su lengua bárbara
“la lengua que ha de hablarse en los infiernos”
pensaron,
aunque en ella escribieran
para expresar su amor y sus poemas.

Nuristanís, hazaras, tayikos, turcomanos,
uzbekos o pashtunes,
todos son denostados
por fríos generales
nativos o foráneos que trazan
los designios de un orden superior.

Cruel ha sido la historia
mas cierto es su decurso desgraciado.
El humo casi roza los límites del cielo,
los condenados viven mirando hacia lo alto,
las calles se desprenden de perfumes y hedores,
del odio y la metralla cotidianos.

Mas algo hay más allá,
provincias fronterizas pobladas
por idólatras de dioses ignorados,
altivos descendientes de antiguos invasores,
erosionadas ruinas,
lejanas cordilleras de insólita belleza,
caminos ancestrales de más nobles viajeros,
la paz de atardeceres sin memoria,
la neblina imposible que envuelve las llanuras
vibrando en solitario despertar.

Y no este tenso ambiente,
esta amarga mirada del soldado
que apunta con su rifle
mientras grita su miedo
en una sucia calle de Kabul
de noche ante las puertas del infierno.




Julián Borao

DESPERTAR EN AZUL

*
Que la niebla sea azul,
que pinte de su azul
la gris opacidad del despertar.
Que la línea que trazo con mis dedos
sea blanca y se funda
con el declive amable de la tierra,
con su propio descanso,
con su apariencia triste y temblorosa.

¡Mirad cómo se agrieta,
cómo se deteriora y se resiste
a disolverse herida tras el lienzo!
¡Mirad cómo las patrias
se niegan a implicarse con su nombre!

Como si la zozobra del alma consumida
por el miedo, por la ácida ignorancia
de una química absurda e insistente
de todo se adueñara lentamente.

No me importa, no debiera importarme
cuando siento el deleite
de un ensueño tan limpio,
dulce calor sin tacto entre la niebla
efímera y sin tiempo,
cuando espacio las horas
contemplando el vacío
que crece en su artificio sigiloso
para recompensar tímidamente.

Pero es que algo es distinto.
Quizás la niebla gris de esta mañana
que pretende ser nueva,
tal vez eso,
quizás el blanco trazo del amor,
no sé, quizás tus ojos
que me miran sin verme
en la azulada paz de este delirio.




Julián Borao

LA NEGACIÓN DEL YO

*
No responde la voz
cuando el espejo canta
el gesto esquivo
de la palabra inversa
que se torna silencio en la mirada.
No responde la voz sino que calla.

Se perfila el reflejo con claridad tan cierta
que apenas se percibe de su engaño
aquel cuyo dibujo es la mentira,
la cualidad del cero que busca su soberbia,
la invención luminosa
de una luz que no existe
sino en el pensamiento del cristal.

No responde la voz,
no hay ni susurros
para calmar la inmóvil disipación
del tacto congelado,
no responde la voz.
Solo un mutismo emana
del paralelo exilio
de un mundo inalcanzable.
Solo una mueca extraña,
equidistante,
un repetirse en ecos
del instante que surge
de la ilusión fugaz
que nos acoge.

Solos,
estamos solos,
nos enfrentamos solos
a la caricatura
de lo que no ha de ser.

Y en nuestra soledad
no hay sintonía,
no hay recuerdos ni olvido,
no hay palabras,
una burla quizás,
la inexpresiva burla
que nos hace una boca
que parece ser nuestra
mas que solo es
la exigua proyección de la nada.




Julián Borao

VENDIMIAS

*
Sin contemplar los dedos,
la filtración oscura de las uvas
de octubre y de setiembre
entre sus pliegues,
no hubiera comprendido
la labor ni su precio,
ni las horas pasadas desde aquella mañana
en que nos vimos libres y gozosos
de dejar el calor
para vivir un frío venturoso.

La cita en la estación,
el caserón oscuro de la primera noche
al amparo de frondas y rosales,
y las hileras verdes de cada amanecer.

Largas horas al sol,
pacientes días grises
bajo la ingrata lluvia algunas veces
que empapaba senderos rectilíneos,
jornadas embriagadas
por el temprano vino de la vida.

Luengos atardeceres
que miraban los bosques
que la fértil llanura consentía
mientras la voz hurgaba en su reposo
sin perturbar la rima
que oreaba paisajes y campiñas.

Y la fatiga diaria
que apenas se sentía
cuando en la “dos caballos”
la música inundaba los ocasos.

¿Qué fue de aquellos sones?
¿Dónde vibran aún las “Siete piedras”,
la obligada mirada que cantaba su guardia
cada noche?
¿Cómo será la ausencia de Peyrat?

Tal vez, si fuese un mago,
me ocultara en las sombras
del enigma que el tiempo me arrebata
y espiara las horas más perdidas;
aquellas que conforman
las pausas y los ciclos de las obras completas
que el aire vulneró.

Quizás me deslizara
entre las vides
como si retornase a lo ya sido
para de nuevo hurgar en los racimos
que hubieron de viajar
a más nobles y cálidas veladas,
placeres y nostalgias,
ebriedades
que son ya solo fruto destilado,
caudal en el remanso
de sueños que han quedado consumidos.

Pero solo vislumbro entre estos dedos limpios
la frágil dilación de un vino incierto,
la condición humana
que apenas saborea los vapores
del cálido elixir que se ha extinguido
tras las dulces secuencias del recuerdo
que vela los viñedos desde siempre.




Julián Borao

PUDIERA SER

*
Pudiera ser, tal vez pudiera ser
que llegara el otoño, tras un verano intenso,
y una mano desnuda construyese
el detalle que la emoción ansía
y un corazón hablara
fecundando las sedas de las hojas
como en una canción que acompasara
el ritmo de la tierra.

¡Oh detalles inmensos de goces diminutos!

Y así, como algo estremecido,
llegáramos airados
a la esencia de nuevas claridades
que fueran el reposo
de tantas experiencias y fatigas.

Porque pudiera ser
que no bastaran ya las horas de la vida,
que la ceguera ingenua
de cada intromisión en la torpeza
fuera el pesado lastre que nos queda
cuando recomponemos esos pactos
que hacemos con la historia
de todo el sufrimiento que hubimos de vivir.

¡Oh imágenes absurdas del dolor!

Y sin embargo el cieno templa nuestros cuerpos,
se impregna en cada poro
como un fiero invasor,
se vuelve compañero indispensable
de la rutina incómoda y paciente
de todos los instantes cotidianos.

Aleja esa invasión,
describe audacias, repara en los cuidados
de lo que has de saldar, bebe tu suerte.

Pero no te recojas,
no cierres la sonrisa,
vuelve a posar tus manos generosas
en los hombros del mundo,
anhela, sí, este otoño que ahora se avecina,
porque pudiera ser
que no hubiera lugar para nuevas promesas
si torpemente miras a otro lado,
que no pudiera haber más esperanza
dejándote llevar por esa desgraciada indiferencia
que no atiende zozobras
y desprecia el susurro
que tu latido siente cuando lo necesitas
escarbando penumbras en tu emoción vacía.




Julián Borao

CIUDAD EN FIESTAS

*
Todo es fuga en el aire de esta noche,
y está próximo el ruido de la ciudad festiva,
todo es fuga y adiós de un vago aroma
que celebra las cosas que se dejan morir
sin darse cuenta
bajo la luz teñida de artificio.
Es el instante ciego que en el calor respira,
la delincuencia armada de la sorpresa nueva
cuando el rumor lejano de las calles,
pobladas de canciones y de gritos,
casi parece el rito del olvido.
Es el brillo cercano del tumulto
vestido de uniforme
que acaso a nadie importa su hechura ni su porte
porque a todos rescata de su hastío.
Por eso no hay descanso,
ningún son beneficia a la alegría
que es efímera dicha,
por eso no hay distancias
en la fragilidad alterna de los días
ni en la mirada vaga de la oscura fatiga
que anhela amanecer.

Porque nada atempera,
todo enciende y se agita,
no la serena luna sobre el mar
de este norte que es el sur de los otros,
no el sereno silencio de quien sueña
vencido, agazapado y ebrio en su pereza
mal disimulada, sino la soledad
de otro lugar de nuevo junto al mar,
la ambición de dolerse una vez más
cuando la vida vierte sus angustias
en mitad de la noche
mientras que el fuego estalla
en la negrura
que festeja inconsciente su partida.
Y así es la condición que ha imponer su norma,
la palabra vacía que se torna consuelo
en la vigilia.

Sólo quedan certezas que nadie reconoce:
que las horas no vuelven
a robar los momentos,
que no vuelven las sombras
a desnudar la luz ni sus señales,
que es fingido el amor
cuando acude a pensar
que los cuerpos podrán
permanecer así, siempre risueños;
pues es amarga risa la que desvela
el signo de su asombro
y procura mentir mientras halaga
porque se quiere amada nuevamente.

Todo es fuga en el aire de esta noche de cantos
y de risas,
¡tan lejano el sonido de la ciudad festiva!




Julián Borao

RUE DES BOULETS, RUE DE MONTREUIL

*
De los escasos datos
que el devenir mantiene
como una simple anécdota confusa
apenas recupero algún detalle
de aquella primavera.
Tal vez el verde oscuro de los árboles;
la espera casi inútil
junto a una carretera nacional
que hubimos de dejar
al norte de Poitiers,
y la estación vacía,
o el crepúsculo lánguido
de un domingo francés
de por sí desolado
y provinciano.
Casi apenas escucho
las gotas de la lluvia cotidiana,
el discurrir del tren,
nuestras palabras
camino de un París
de gris amanecida.

De entre las pocas cosas
que me quedan
apenas ya recuerdo
ciertos días oscuros
en calles invisibles,
cierto amor inexperto,
del todo ciego
y preso de sí mismo
en la pálida luz
de un viejo apartamento parisino.
Apenas reconstruyo sensaciones
-el perfume del metro, por ejemplo-
secuencias incompletas
de una historia pretérita y pareja
que transcurrió viajando
a nuestro lado
como una bella y torpe compañera.




Julián Borao

VOLVER

*
Es grato regresar.
Siempre es grato volver a los lugares blancos
que siente la orfandad
del fermento que añora
cada estación que pasa como ave migratoria.

Es grato recorrer
las calles y las plazas
que la resaca inunda con intimismo fértil,
rescatando secretos
que ya no son exactos,
temblando entre la espuma que se agita,
que cambia, que se pliega,
en una deserción que se va yendo
y llega hasta la calma inmóvil de la contemplación.

Es grato revivir
ese misterio, esa transformación involuntaria
que sucede en el alma
mientras se vuelve sorda y temeraria,
ese recuerdo atado a una antigua condena
que fue lugar de encuentro,
destello y paraíso
de otro instante al que salvas de los instantes muertos.

Se hace grato ese olor,
ese sabor a olvido que la memoria evoca,
ese sentir la dicha de la vida
que en la desdicha pugna por ser cierta,
ese gozar ingrato que acorrala y sorprende
sin conmiseración.

Y en esa gratitud regreso, vuelvo,
recorro los rincones alumbrados
por una luz distinta,
igual que un fuego nuevo
que busca en las ciudades
sus cenizas prensadas en los ángulos muertos
de esquinas permanentes,
revivo mutaciones
de cada primavera y cada otoño,
aspiro la intemperie de la rosa cortada
como pálida ofrenda
que agónica se encoge entre las manos,
saboreo las lágrimas
que la hojarasca pone
junto al frío del tiempo,
aceptando su azar perecedero.

Porque volver tiene algo
de ese negar la sombra consumada,
de ese espantar los gestos
que anidan la costumbre
para reconocer la irrealidad
que a fuerza de ahuyentar nos acompaña
en patios escondidos y ateridos,
lejos ya de lugares
que ya no son iguales
a aquellos en que fue grato vivir.




Julián Borao